miércoles, 7 de marzo de 2018

Confesiones de Marcela (2)


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CONFESIONES DE MARCELA 2


Llevo 231 y todavía me faltan aproximadamente 178. 

178 síndromes premenstruales, 178 cólicos más, 178 lloradas sin motivo aparente, 178 irritantes arranques de rabia, 178 veces más en las que me voy a sentir el ser más infeliz e irracional del planeta. 

¿Hice yo algo malo para merecer semejante castigo? 

Nada. Simplemente nací mujer.

Hubo una época de mi vida en la que creí que todo este engranaje tenía su explicación en esa primera mujer llamada Eva. Por lo menos así me lo explicaron de niña. 

Eva le dió la manzana a Adán y se cometíó el pecado original y nosotras pagámos desangrándonos mensualmente.

Sí, el periodo nos había sido enviado justo en el momento en que las mujeres empezábamos a ser seres sexualmente activas y podíamos gozar de nuestro cuerpo y sensibilidad. 

Desde entonces, la historia nos predestinaba a padecer un pequeño recordatorio del pecado de Eva, de lo costoso que podía salirle a la mujer la seducción, del desatino que puede ser el tentar al sexo masculino, de lo que más tarde sería reconocido a nivel mundial como machismo. 

Todo porque Adán se dejó tentar encantado, fascinado con la idea de la seducción. Al fin y al cabo estaban solos, completamente desnudos, en el paraíso y sin nada excitante que hacer entre tanta belleza. 

Así que cuando la tonta de Eva, en un ataque de romanticismo, le ofreció la manzana estoy segura de que él no se hizo del rogar pero a la hora de rendir cuentas ante Dios, Adán se lavó las manos como Pilatos y nos echó la culpa a nosotras con la famosa frasecita: 

“La mujer que me diste por compañera me dio del árbol prohibido y comí”. Como si el pobrecito no hubiera tenido una boca para decir que no, ni voluntad para resistirse.

Con el tiempo y la experiencia que te da el conocer mejor a los Adanes de este mundo, tuve que asumir que la pobre Eva no había sido más que la víctima número uno del machismo.

Sacada de una costilla y con la conciencia que tenemos todas las mujeres de que hay que complacer al hombre en todo, lo único que ella hizo fue cumplir con la labor de compañera, pero como vivía en un mundo dominado por el hombre se tuvo que conformar con ser la mala de la historia. 

Adán pagó su debilidad sudando para poder comer de las hierbas porque a partir de ese momento la tierra sería maldita y ya no tendría tantas delicias. 

A Eva, por seductora, se le multiplicaron los trabajos de las preñeces y se le agregaron los dolores de parto. 

Todo este ensañamiento por la simple y sencilla razón de que Adán no supo dar la cara por su mujer. Cosa que no es de extrañar, ya que si nos vamos un poco más atrás en la historia hebrea nos daremos cuenta de que los problemas femeninos de Adán eran viejos. 

Sí, este famoso primer hombre ya le había dado la espalda a otra mujer. En pocas palabras, era lo que hoy en día se llama un divorciado pero me imagino que como tenía conexiones en el cielo, ese matrimonio le fue anulado e ingresa a la Biblia con cero kilómetros, olvidándose por completo de aquella primera víctima llamada Lilith. 

Como muchos divorciados que conozco, Adán decidió que no había tenido vida antes que Eva y que éste era el comienzo de todo. 

Pero como hay mañas que no se pueden olvidar, lo traicionó la líbido y cuando Eva lo trató de seducir recordó todos los placeres carnales que había vivido con la ex. 

Sí, en esa primera creación Adán y Lilith eran la pareja ideal hasta el punto de que Dios los había sacado a ambos del barro y nos había dado a las mujeres el privilegio de la igualdad. 

Los problemas maritales se iniciaron un día en que Lilith, aparentemente aburrida de que siempre lo hicieran en la misma posición le pidió a Adan que la dejara a ella ponerse arriba. 

Lamentablemente ese primer hombre no conocía aquello que dice que en la variedad está el placer y esta pequeña sugerencia se le convirtió en un atentado contra su masculinidad. 

Se negó rotundamente y ella le sacó en cara lo de la igualdad. “¿Por qué he de acostarme debajo de ti, si soy tu igual... si ambos hemos salido de la tierra?”

Y como en cualquier matrimonio que va mal, aquí se amoló todo. Se inició lo que hoy en día se podría llamar una campaña de difamación porque al fin y al cabo no hay novia fea. A esta primera mujer le fueron adjuicados todos los defectos que Adán, en su despecho, le pudo encontrar: pervertida, falsa, insubordinada, independiente y perturbadora del lecho conyugal. 

En pocas palabras, por no haberse dejado y haber demostrado su insatisfacción sexual, la mandó al carajo. 

Situación que hoy en día también hubiera acabado con cualquier relación pues aunque hayan pasado siglos, los hombres siguen sin resistir que se ponga un entre dicho sus capacidades sexuales.

Para su segunda oportunidad, Adán tuvo la suerte de que esta vez el cuento de la igualdad quedaba descartado. 

La mujer le fue sacada de una de sus costillas y cuando Dios se la presentó, él quedó satisfecho: 

“Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Como queriendo decir, ”yo no voy a tener problemas de igualdad porque ésta me pertenece”. 

Empezó este matrimonio como todos, color de rosa. Lo único que necesitaba era una señal para poder meter mano.

Eva le hizo entrega de la manzana y él asumió el papel de víctima ante Dios. 

A partir de ese momento la historia es de todos ya conocida, entra la serpiente a funcionar y nos echan a nosotras la culpa de todo. 

Y como nadie nos había contado que en esto del sexo el señorito ya tenía un buen kilometraje acumulado, creíamos que Eva había sido la causante de todos nuestros males. 
Adán quedó tan tranquilo, le echó la culpa a su mujer y me imagino que habrá pensado que tenía que quedar como todo un hombre. Al fin y al cabo fue ella la de la iniciativa y él no iba a quedar como un tonto. 

Creo que fue en ese instante que se inició el mito de que “Ellos tienen sus necesidades que llenar”. 

Otra gran patraña en contra de nosotras porque la única verdad es que esas necesidades Dios nos las envió a las mujeres cuando echa a Eva del Paraíso y le dice:

“Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”. 

De todas formas, el resultado de este acto machista lo pagamos las mujeres con cuotas mensuales porque Adán no supo ser lo suficientemente caballero para interceder por nosotras y asumir su debilidad. 

Se inicia entonces el viacrucis de las mujeres porque también se nos hizo pagar con un embrazo que dura nueve meses. 

Los dolores de parto también forman parte de la cuota y Adán tan tranquilo porque él de dolores no sabía absolutamente nada. 

A Eva no le quedó más remedio que asumir la situación. 

No tenía padres a donde correr a refugiarse y las probabilidades de conseguir otro marido eran nulas. Aquí no funcionaba ni eso que dice que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Adán era lo único que había en el mercado y se le tenía que aguantar con todos sus defectos, iniciándose así la cultura de la sumisión y el aguante. 

El más encantado por supuesto fue él. 

Empezó a labrar la tierra, a buscar la comida con el sudor de su frente y a ser el amo y señor del universo. 

Así fue como las mujeres de este mundo tuvimos que aceptar lo irremediable, enternecernos ante el hecho de que somos capaces de dar vida y aceptamos el cuento de que el periodo, el embarazo y el parto son lo más normal para una mujer. 

De todas las mentiras que se nos han dicho, ésta es quizá la más desquiciada. 

Nadie puede llamar normal a esa antihigiénica botadera de sangre a esos ataques que la preceden, a la deformación que sufre nuestro cuerpo, a los desbalances hormonales, a unos órganos moviéndose de lugar para darle cupo a un feto y a esos dolores que no tienen nada que ver con la vida, sino más bien con la muerte.

Lo peor de todo es que nuestra desigualdad y desventajas fueron alimentadas más allá de lo físico y el mundo se aprovechó de esto para imponernos nuevas reglas que lo único que lograron fue crearnos más obstáculos para disfrutar libremente de la vida, para no dejarnos crecer y para que siguiéramos creyendo que éramos el sexo débil. 

Durante siglos hemos vivido a la sombra de los hombres. Creyendo que nuestra única función válida es traer hijos al mundo y cuidar de nuestro amo y señor. Sin atrevernos a pensar y mucho menos a opinar. 

De pronto todo cambió y en cuestión de tres generaciones la mujer creció y decidió reclamar su igualdad de la misma forma en que lo hizo la primera feminista que fue Lilith. 

Pero al igual que ella, nos tocó enfrentarnos a la realidad de los mitos que nos obligan a aprender y aceptar nuestra condición de seres inferiores. 

Sí, con el mismo ímpetu reclamamos nuestros derechos pero ya estábamos embarcadas en el único mundo que nos tocó vivir. Un mundo de hombres y para los hombres. 

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