lunes, 21 de noviembre de 2011

La Mujer en México

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Denise Dresser

Mi información preferida en un estudio reciente sobre el género en la Univesidad Nacional Autónoma de México (UNAM) es la sección donde dice que el promedio de calificación de las mujeres es superior al de los hombres.
O aquella parte donde se afirma que su eficiencia para terminar la licenciatura es mayor.
Estudio tras estudio revela que las mujeres suelen ser mejores estudiantes que los hombres.
Quizá -al leer esto- piensen que no me gustan los hombres.
Eso no es cierto.
Estoy casada con un hombre y sé que nuestros dos hijos , algún día se harán hombres.
Mi padre fue hombre.
Algunos de mis mejores amigos son hombres.
En México hay algunos muy distinguidos.
Sencillamente creo que las mujeres son superiores a los hombres.
Bueno, ya "lo escribí". Allí está.
Es el negro y oscuro secreto que no he querido revelar, pero con el cual cargo.
Y se supone que no debemos hablar así porque en los viejos tiempos los hombres solían repetir que las mujeres éramos "superiores".
Y lo que en realidad querían decir es que éramos demasiado "maravillosas" para entrar a las universidades, ser presidentas, participar en el gobierno, decidir sobre nuestros propios cuerpos o influir en los temas importantes acerca del futuro del país.
Y obviamente esto no es lo que quiero sugerir, sino todo lo contrario.
La inherente superioridad de las mujeres no viene al pensar en las universitarias de México.
La historia con frecuencia se escribe en terminos de invenciones y eventos e ideas revolucionarias.
Pero es esencialmente la historia de personas, de individuos, de mujeres que antes no asistían a la Universidad y ahora -52% -, pueblan sus aulas.
Esas mujeres que cargan consigo la promesa de ser extraordinarias, son mucho mejores de lo que yo lo era a su edad.
Más interesantes, más seguras, major educadas, más creativas, y de alguna manera, menos temerosas.
Las que hemos llegado hasta aquí podemos decir con una pizca de orgullo que éste es el México que hemos contribuido a crear.
Un país más abierto más libres.
Donde las mujeres han crecido viendo y entendiendo que son tan capaces como los hombres sentados a su lado.
Donde saben que sus opciones no son solo ser secretarias o mamas o monjas.
Donde entienden que su vida puede estar definida por su talento y no por su género.
Y todo esto es bueno no solo porque satisface demandas milenarias de justicia, sino porque también despierta el reto de la generosidad con aquellas que no tienen la fortuna de no compartir la situación privilegiada de las mujeres mexicanas, con educación universitaria y una profesión exigente y rica.
Exige el compromiso de las hijas de la pluralidad, la democratización, la tolerancia y el avance con quienes aún no gozan de sus frutos.
Y por eso es importante que abramos los ojos ante el país en el que vivimos.
A ese país habitado por millones de mujeres mexicanas que se levantan al alba a prender la estufa, a preparar el desayuno, a remojar el arroz, a planchar los pantalónes, a terminar la trenza, a correr detrás del camión, a trabajar donde puedan y donde les paguen por hacerlo.
El país de muchas mujeres que duermen poco porque cargan con mucho.
Mantienen al universo en orden.
Son pegamento, aceite, ungüento y bálsamo.
Son factor de cambio social.
De allí la importancia de darles más oportunidades, de darles más recursos, de educarlas más de siete años en promedio, hablo de empujar para que llegen a posiciones de mando en las universidades, en las fábricas, en las compañias, en el Congreso y en el país.
En pocas palabras, se trata de reconocer a las mujeres como ciudadanas competentes: con cerebro y útero con manos y pies, con capacidad para cambiar el destino del país y la responsabilidad de reinventarlo.
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Yo creo que las mujeres pueden lograr cosas extraordianrias.
Personas que pelean por los derechos de quienes ni siquiera saben que los tienen.
Defensoras de derechos humanos a lo largo del país, defendiendo la humanidad esencial de quienes la han perdido y ayudándolos a recuperarla.
Yo creo que mientras existan mujeres así -encendidas, comprometidas, preocupadas- el contagio continuará, poco a poco, y a empujones como todo lo que vale la pena.
Al final, creo que todo ser humano tiene derecho a ser valorado y escuchado.
El derecho de "convertirse en lo que se es", como diría Rosario Castellanos.
El derecho a formar parte de un grupo cada vez más grande de mujeres que derriban las paredes de su celda.
Que estremecen los cimientos de lo establecido.
Que alzan la voz contra el país de espectadores.
Que logran la realización de lo auténtico.
Mujer y cerebro.
Mujer y corazón.
Mujer y madre.
Mujer y esposa.
Mujer y profesionsita.
Mujer y ciudadana.
Mujer y ser humano.
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