viernes, 12 de marzo de 2021

Hillary Clinton

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8 nov, 2016


HILLARY RODHAM CLINTON




Marta Lamas


CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- 


Si bien espero que Hillary Rodham Clinton llegue a la Presidencia de Estados Unidos, me preocupa recordar a ciertos grupos que antes ya le han puesto piedritas en el camino. 


Como todo candidato, Hillary tiene debilidades: la tibieza que mostró ante la guerra de Irak (como parte de la construcción de una imagen centrista) le hizo perder parte de su electorado liberal. Y su talante feminista todavía antagoniza a ciertos grupos. 


Sin embargo, varios de sus peores enemigos están en el sector farmacéutico y de servicios médicos.


Cuando su marido fue presidente, Hillary Clinton quiso echar a andar una radical propuesta de reforma al sistema de salud y desarrolló una sólida propuesta por mejorar la atención médica de sus compatriotas. 


Desde hacía tiempo la práctica médica en Estados Unidos estaba en crisis, no la investigación médica ni la creación de nuevas tecnologías, sino la atención médica al ciudadano común y corriente. 

El negocio de la medicina y los seguros médicos cada vez más caros habían convertido la atención médica en el privilegio de unos cuantos y en un infierno para la mayoría. 


Ferozmente criticada por extralimitarse en sus funciones de primera dama, Hillary se tuvo que replegar.


Sin embargo, no abandonó su sueño y siguió investigando y documentándose. Cuando ganó la senaduría demócrata por Nueva York aprovechó para introducir algunas reformas legislativas en materia sanitaria. 


Dio a conocer su balance de 10 años (1994-2004) titulado “¿Podemos hablar de la atención médica?” 


  The New York Times (18 de abril 2004). En ese artículo exhibía el desastre médico estadunidense y, una vez más, persistía en su propuesta: ampliar la cobertura, mejorar la atención, bajar el precio de los servicios, darles a los pacientes el control sobre su historia médica, reducir las cuotas de los seguros y otras cuestiones por el estilo.


Hillary señaló, una y otra vez, que aunque Estados Unidos ocupa el primer lugar en el mundo en gasto médico, está muy por abajo en expectativa de vida y tiene una mortalidad infantil escandalosa. 


En ese mismo sentido el doctor Stephen Bezruchka, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, hizo una interesante correlación con el índice de longevidad de cada país y los niveles de desigualdad. 


Como indicador usó la diferencia entre los sueldos: el primer ministro de Japón gana apenas cuatro veces más de lo que percibe un trabajador común, y en las empresas niponas el director ejecutivo gana 10 veces más que un empleado recién ingresado; en cambio, en Estados Unidos los ejecutivos ganan 475 veces más que un trabajador de base. 


La conclusión de Bezruchka fue que a mayor desigualdad entre ricos y pobres, peor es la salud de la población; por el contrario, en países con políticas públicas y tasas impositivas que nivelan la distribución de la riqueza o donde el Estado garantiza cobertura total en los servicios de salud, la salud de la población es sensiblemente mejor. 


Por eso los países que gozan de los mejores índices de longevidad son los más equitativos: Japón, Suecia, Noruega, Suiza, Islandia y Canadá.

 Estados Unidos, el país con la medicina más sofisticada y cara del mundo, tiene la peor expectativa de vida de las naciones industrializadas.


Hillary Clinton denunció ese y otros problemas, como los litigios por negligencia médica, que han transformado la práctica profesional de los médicos: por el miedo a ser demandados, los médicos derivan a sus pacientes a hospitales, se niegan a atender casos complicados y rechazan dar consulta en unidades de emergencia, con consecuencias fatales para personas que, requiriendo urgentemente dicha atención, pierden tiempo críticamente valioso al ser trasladadas a otros lugares.


Ante la candente y desgastante situación creada por los conflictos entre médicos y pacientes, Hillary presentó, junto con Barack Obama, la propuesta de ley S. 1784 titulada Medical Error Disclosure and Compensation Act. 


Para ellos la forma de abordar la negligencia médica era promover una política de reconocimiento de los errores médicos y de compensación razonable al paciente sin necesidad de litigio legal. 


La excesiva judicialización de los conflictos entre médicos y pacientes había creado un clima negativo, que ha puesto en peligro el acceso de los pacientes a los servicios médicos, ya que muchos médicos han abandonado cierto rango de servicios médicos.


Además, lo más impresionante es que más de 75% de las demandas de responsabilidad no acaban en pagos a los pacientes, y sólo 1% de los casos logra la victoria de los demandantes, que reciben 22 centavos de cada dólar que les corresponde, pues lo demás se va para los abogados. El tiempo y dinero que gastan tanto pacientes como médicos para demandar o defenderse es apabullante.


Y aunque Obama logró parcialmente introducir algunas de las reformas de Hillary con Obamacare, algunas de las poderosas y voraces compañías farmacéuticas y de seguros médicos temen una reducción de sus ganancias si ella llega a la Presidencia y prosigue su reforma al sistema de salud. 


Esos son los temibles adversarios de Hillary. Ojalá y los estadunidenses se den cuenta de que nada les convendría más que Hillary Rodham Clinton por fin se saliera con la suya.

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