sábado, 3 de mayo de 2014

¡Cuidado! ¡Hombres Trabajando!


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¡CUIDADO! ¡HOMBRES TRABAJANDO!


 Margarita Michelena

       Entre las frases favoritas del sexo fuerte figura la de "¡Cállate! ¿Qué sabes de eso?", dirigida, naturalmente, a una mujer y de preferencia, por supuesto, a la propia.
       Pues bien, amigas. Es hora de que también nosotras nos demos cuenta cabal de que podemos devolver a los señores su piropo, con las pruebas irrefutables de lo poquísimo que saben acerca de lo que nosotras sí sabemos; es decir, acerca de esa ingrata labor diaria de mantener la casa en marcha, llueva o truena. Labor, a más de ingrata, complicada, y que se basa en toda una tecnología cuyos laberintos no sospecha ni el más erudito y capaz de los varones.

¿Quién sabe freír un huevo?
       Cuando el marido trate de abrumar a su costilla mediante el viejo truco del pavo real, o sea el sistema de desplegar las plumas e inflar el buche a propósito, por ejemplo, del talón oro, de las causas y efectos de la inflación, de los errores del América en su último partido, de los problemas afro-asiáticos o el lío de Watergate, la señora agredida por semejante montaña de sabiduría puede "matarle el gallo" al presumido mediante un procedimiento muy sencillo: tomarlo de la mano, llevarlo a la cocina, ponerlo delante de la estufa, entregarle un huevo y decirle: "¡Andale! ¡Ahora lo fríes!".
       En la mayor parte de los casos, el sometido a esta prueba no atinará ni a encender el gas. Pero si logra superar dicho obstáculo, se quedará en el siguiente: ¿en qué se fríe el huevo? Muchos señores imaginan que el problema queda resuelto si se casca el huevo directamente encima de la llama del quemador, aunque no sin sufrir el contratiempo de revolver clara y yema y barnizar con la mitad de esta mezcla los mas insospechados sitios de la cocina.
       Los hay que, con más intuición culinaria, adivinan que la operación debe hacerse en una sartén. Pero aquí tropiezan de nuevo con la espesa, muralla de su ignorancia: ¿con qué se fríe el condenado huevo? Y una de dos: o lo ponen directamente en la sartén -fría, naturalmente-, con lo que consiguen una aceptable imitación del resistol, o, más inteligentes, recurren al aceite, sólo que en cantidades tan generosas que el tantas veces mencionado y entrañable producto de la gallina ofrece una sensacional exhibición de nado de mariposa.
       Terminada -con un fracaso- la prueba que hemos sugerido, el hombre en cuestión se retirará más modestamente a sus propios dominios y quedará inmunizado -por una temporadita al menos- contra su hábito de suponer que las esposas no saben nada de nada.
       Cualquier hogar, librado un solo día a las manos de un varón, queda casi siempre como la selva vietnamesa después de un agarrón rociado de exfoliadores. Claro que el caso no se presenta más que de vez en vez, cuando la rectora del aludido instituto tiene que ausentarse de sus lares por causa de fuerza mayor o cae en cama abatida por una de esas enfermedades a las que todo el mundo tiene derecho, excepto ella y el primer mandatario de la nación. Pero se presenta. Y he aquí lo que acontece.
       Sé de lo que hablo. Mi marido fue un hombre maravilloso, considerado, finísimo y con una buena voluntad a toda prueba. Poseía, para más, una extraordinaria erudición en las cosas más increíbles. Podía, por ejemplo, mencionar por su nombre todas las velas de un navío del siglo XVII. Era un sagacísimo crítico de ballet clásico. Se sabrá de memoria hasta las más menudas entretelas de la Revolución mexicana. Me enseñó que había unos extraños objetos de cerámica llamados platos de Manises. Era capaz de distinguir perfectamente la falsificación de un cuadro impresionista y -colmo de los colmos- leía a Shakespeare en italiano, capricho literario que jamás pude entender, máxime que también podía hacerlo en inglés.
       Pero con todo, aquel varón en cuyo cerebro se alojaba una prodigiosa cantidad de datos curiosos, de minucias decorativas y masas de conocimientos históricos, sufrió una derrota semejante a la de Napoleón en Waterloo el día en que esta servidora de ustedes cayó fulminada por una desdichada gripe, con cuarenta grados de fiebre y un demoledor sufrimiento en los huesos.
       Por variar, no había sirvienta y sobre eso vivíamos en un caserón con más trazas de museo que de morada normal. Pero el hombre decidió, heroicamente, hacerse cargo de la situación. Por primera providencias, regó el jardín. Y lo hizo tan a conciencia, que lo dejó convertido en una sucursal del Mediterráneo, según se supo por la inmediata protesta de los vecinos, temerosos de que la inundación aquélla les derrumbara sus bardas. Acto seguido, planeó la "operación interior", con las catastróficas consecuencias que enseguida se verán.

La rebelión de las cobijas.
       Mi sabio esposo, evidentemente, no poseía el modelo de cerebro adecuado para alojar cierta conveniente dosis de sentido común, cuando menos en lo tocante al arreglo de una casa. Desde el lecho del dolor lo veía yo, consternada, sacudir con esmero sus antigüedades para, inmediatamente, levantar una tolvanera con la escoba. Como todos los hombres cuando no pueden vencer una contrariedad, el mío empezó a renegar contra el gobierno, en aquella ocasión por no impedir que   hubiera polvo o, cuando menos, por no hacer algo para que lo hubiera en menor cantidad.
       Por fin, persuadido de que no era vana la relación entre las escobas y las brujas y como abrumado por un mágico poder superior, dejó pendiente la tarea de barrer y canalizó todas sus energías a la de tender las camas. Estos muebles, manipulados por el laborioso varón, parecieron cobrar súbitamente vida propia. ¿Han visto ustedes esa célebre escultura que representa a Laocoonte y a sus hijos enredados por unas serpientes de bastante mala intención? Pues imagínese a mi marido en parecido trance a causa de las sábanas, cobertores y colchas que jamás, pese a sus tenaces esfuerzos, pudo poner en su lugar, tras luchas denodadamente por desasirse de su abrazo estrangulador. Sus constantes repasos a la historia de la Grecia antigua deben haberle traído a las mientes el triste y alabado caso de Leónidas, caído por terco en las Termópilas ante el poderío de los persas, porque el pobrecito me dirigió una sonrisa, mezcla de amor propio y dimisión, y me dijo:
       -Después me ocuparé de esto. Ahora voy a hacerte la comida. Aunque no lo creas, sé preparar un salmón delicioso. Tú quédate tranquila.
       Por supuesto que no me quedé como me lo pedía. El conocido rechinar de dientes que produce el pánico se me mezcló a los estremecimientos de la fiebre. Pero, en fin, aquéllas no eran horas de lastimar la dignidad y el entusiasmo de un esposo tan bien dispuesto a suprimir, siquiera por un día, la división del trabajo, que es una de las banderas de combate del feminismo. De modo que lo dejé partir rumbo a la cocina, convertida, por una sola vez, en resignada mujercita.

El salmón inexplicable.
       En México solemos decir, para significar que algo ofrece dificultades, eso de "no son enchiladas". ¡Cómo si hacer enchiladas fuera tan fácil! Oblíguese a cualquier varón a prepararlas y éste verá a las primeras de cambio que dicho antojito nacional tiene más bemoles que un nocturno de Chopin.
       Algo semejante debe haber pensado mi amoroso cónyuge cuando emprendió la batalla con su lata de salmón.
       En primer lugar, el abrelatas se le levantó en armas y fui objeto de una consulta de urgencia para sofocar semejante rebelión. Bien. Una vez que descifró el mecanismo del mencionado artefacto, empezó a cocinar. Tuve de ello noticia por el estruendo de sartenes, cacerolas, cucharones y cuchillos que me sobrecogió cual bombardeo en la inmovilidad forzada de mi cama. Como contrapunto de aquellos alarmantes sonidos -y quizá con la dulce esperanza de disfrazarlos con un manto de optimismo- el improvisado "chef" se puso a silbar el corrido de Lucio Blanco, cuya melodía se vio muy pronto salpicada de un abundante surtido de interjecciones e interrumpida definitivamente por una carrera al botiquín, en busca de algo con qué curar una cortada misteriosamente sobrevenida, ya que para hacer salmón en lata nadie ha necesitado jamás un cuchillo.
       Las percusiones de la cocina continuaron por largo rato. Para ignorarlas, traté de leer una novela policíaca. Pero aquel truco de evasión no me resultó porque, al final, creí entender que el asesino no era el mayordomo, sin duda un error de mi parte al cual me indujo mi explicable falta de concentración en la apasionante lectura.
       Por fin, apareció triunfalmente el famoso plato de salmón. Hubiera yo querido desafiar a cualquier novelista del siglo pasado -de ésos expertísimos en largas descripciones- a que ejerciera tal habilidad respecto de mi salmón. Yo, con mi evidente deficiencia en tales terrenos, sólo puedo decir que aquello parecía un pedazo de cemento sin fraguar, nadando en agua de chinampa. Del olor, "no comments". Sólo dejo establecido el hecho de que invadió toda la casa y permaneció días y días agarrado a las cortinas con la tenacidad de una liana tropical.
       Como es natural, tuve que comerme aquella aterradora creación de mi "chef" que, orgullosísimo de su proeza, vigilaba la consumación de mi acto heroico con la certeza de que me había ofrecido algo superior a la ambrosía de los dioses.
       Pero aquel tormento no fue lo peor de la jornada. ¡Qué va! En esas, sobrevino una de mis cuñadas, quien al pasar por la cocina pegó un grito como el de Madame Butterfly cuando se hace el harakiri. Oírla yo y saltar de la cama presa del terror fue todo uno. Y ambas, con los ojos desorbitados, nos enfrentamos a un increíble desastre: todos              -absolutamente todos-  los trastos disponibles en la cocina estaban embarrados de salmón, de jitomate, de huevo y leche y arbitraria aunque graciosamente distribuidos en los aparadores, el piso, la estufa y el lavadero. La despensa era una imagen de Berlín tras un bombardeo. El piso -que yo había dejado la víspera como un espejo- invitaba, al menor descuido, a una exhibición de patinaje. La ollas "express" -¿para qué habría usado ese bienaventurado utensilio en la preparación de un salmón en lata?- había explotado como una miniatómica y estampado su indescifrable contenido sobre el techo y las paredes, en caprichoso diseño abstracto. El refrigerador atestiguaba un delirante saqueo..., etcétera. (En este etcétera puede incluirse cuanto de demencial desorden se quiera imaginar.)
       No exagero si digo que, en aquel momento, se me cortó la fiebre. Ante tal clase de acontecimientos es de rigor quedarse helado. Y así, aullando como las furias que, según se cuenta, corretearon a Orestes, inicié una dolorosa tarea de salvamento que me tuvo ocupada hasta media noche y que el otro día me indujo, aún víctima de una bárbara congestión pulmonar, a conservar la suficiente lucidez para rogar al fracasado cocinero que se fuera al Torino a comprar la comida hecha.
       Experiencia, caballos trotones. Ante ese tipo de iniciativas masculinas hay que recordar de qué está pavimentado el infierno.

Provechosa conclusión
       Amigas mías, no se dejen achicar por la sapiencia de su cónyuge acerca de las fluctuaciones de la bolsa de valores, los partidos de futbol o la política agraria. También las mujeres sabemos  muchísimas cosas, absolutamente fuera de la comprensión de los maridos. Y si su compañero, con la intención de dar jaque mate a este  argumento, les arguye que hay hombres que saben cocinar muy bien, contraataquen con este razonamiento incontestable: ésos no se casan.
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