domingo, 28 de junio de 2009

Diabetes 1

Lynne Schuyler

Antecedentes de Roberto Teskey

A Roberto, a los 14 años, en 1960, le diagnosticaron diabetes del tipo 1.
Decidido a dominar este mal incurable, acepto lo que no podía cambiar: ingerir la misma cantidad de proteínas, grasas y calorias todos los días a la misma hora (práctica esencial para estabilizar la concentración de glucosa) y observar un estricto régimen diario de medición de la glucose e inyecciones.
Roberto había entendido
que algunos diabéticos están entre la vida y la muerte todos los días de su existencia.
La diabetes del tipo 1 (o insulino-dependiente) se produce cuando el sistema inmunitario del organismo, por razones aún desconocidas, detruye las células secretoras de insulina del páncreas.
La insulina, hormona que regula la concentración de glucosa en la sangre, es esencia para la vida.
Dicha concentración determina el buen funcionamiento del cerebro; si baja demasiado, el cuerpo emite señales de alarma (transpiración, palpitaciones, ansiedad) y, si la persona no les hace caso, las facultades mentales se trastornan y se puede incluso caer en estado de coma. El exceso de glucose en la sangre, en cambio, aunque rara vez resulta mortal, al a larga ocasiona lesiones enojos, nevios, riñones, corazón y vasos sanguíneos. De ahí que el control de la diabetes sea una incesante búsqueda del equilibrio.
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Como tantos diabéticos del tipo 1, Roberto tenía frecuentes reacciones hipoglucémicas.
Una vez, al ir de un aula a otra en la universidad, un compañero lo encontró tumbado en la nieve.
En otra ocasión, cuando trabajaba en una licorería, se puso a sudar y a temblar, y se sintió aturdido, clara señal de hipoglucemia. Entró en seguida al cuarto de empleados, tomó un poco de azúcar y al ver que no le surgía efecto, se comió varias cucharadas de una crema en polvo para café. Por suerte le dió resultado, y empezó a guardar provisiones de dulces en todas partes: la mesa de noche, el escritorio, la guantera del auto.
Estaba decidido a que la diabetes no le impediría vivir una vida plena.
Al recibirse de abogado, en 1970, se asoció a un bufete de Edmonton. Se caso con Hazel Kuehn en 1976 y tuvieron dos hijos.
En 1995 volaba de Edmontson a Toronto casi una vez a la semana y trabajaba horas extras en juntas con clientes y negociaciones de contratos.
Sin embargo, ese mismo año la diabetes empezó a ganar terreno y a trastornarle la vida.
En una ocasión, Roberto notó que lo miraban con aire consternado.
En mitad de una frase, empezó a balbucear sin sentido, la frente se le perló de sudor y, al intentar levantarse, las piernas no le respondieron. Vislumbró vagamente la cara de una persona inclinada sobre él, dándole de comer una barra de chocolate.
Su concentración de glucose en la sangre había bajado demasiado de imprivismo (anomalía llamada hipo-glucemia), y estaba al borde de la inconsciencia.
Al incidente siguieron otros parecidos con intervalos de pocas semanas. Al poco tiempo se desmayaba una vez al mes. Después de 35 años, pese a ponerse cuatro inyecciones de insulina al día, su diabetes se volvió lábil; es decir, su concentración de glucose empezó a sufrir grandes y repentinas fluctuaciones. Además, tenía "inconsciencia hipoglucémica": ya no percibía si le bajaba demasiado la concentración de glucose. Su secretaria, su familia y sus colegas lo vigilaban constantemente.
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En 1997, Roberto y su esposa volvían en coche de una visita a casa de la madre de él cuando un auto conducido por un adolescente ebrio se estrelló contra ellos. Su esposa murió. A Roberto lo llevaron a un hospital de Edmonton con fracturas en un brazo y una pierna. Dos días después, en el cuatro de hospital, se sintió peor que nunca y, alarmado, llamó a una enfermera que de inmediato le tomó el pulso y llamó al cardiologo.
Su corazón estaba fibrilando, señal de infarto inminente. Los exámenes revelaron que tenía una arteria coronaria obstruida, frecuente complicación de la diabetes a la larga.
Durante el siguiente año, Roberto se entregó en cuerpo y alma a su recuperación.
Las crisis hipoglucémicas se hicieron más frecuentes. Ante las insufribles limitaciones que le imponía la enfermedad, en repetidas ocasiones consultó a una doctorara, especialista en diabetes, y siempre le preguntaba por algún tratamiento nuevo para controlar mejor la enfermedad, pero la respuesta era siempre la misma: no había mucho que hacer.
Su concentración de glucosa seguía teniendo fluctuaciones grandes y súbitas.
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Desarrollo de cura de la Diabetes 1

Durante casi 30 años, investigadores de la diabetes de todo el mundo intentaron en vano extraer y trasplantar células beta sanas de donadores recién muertos.
Creían que, trasplantadas al hígado de un diabético, funcionarían como en el páncreas: segregando insulina y regulando la concentración de glucosa en la sangre.
En 1989, unos investigadores de la Universidad de Alberta dirigidos por el doctor Ray Rajotte realizaron el primer trasplante de células beta en diabéticos del tipo 1 en Canadá.
Una paciente pudo prescindir de la insulina durante más de dos años, pero luego volvió a enfermar. En ese entonces aún no se perfeccionaba la preparación de las células, y los esteroides, usados para combatir el rechazo, incrementaban la glucosa, lo que dificultaba la supervivencia de las células trasplantadas.
En el decenio siguiente se hicieron 267 trasplantes en todo el mundo, pero sólo 12.4% confirieron independencia de la insulina durante una semana, y sólo 8% durante un año o más. Los constantes fracasos acabaron con el interés y el financiamiento.
Pero Rajotte no perdió la fe en el tratamiento. Contrató a James Shapiro, especialista en trasplante de hígado, quien también creía que el trasplante era la mejor manera de obligar al cuerpo a segregar insulina.
Cuando, en 1997, le pidieron a Shapiro que dirigiera el estancado proyecto de trasplante de células beta de la Universidad de Alberta, él vio la ocasión propicia parar evolucionar el tratamiento. Creía que la clave estaba en establecer la medicación ideal para los pacientes.
Mientras estudiaba trasplantes de páncreas en Baltimore, en 1998, Shapiro se entero de que varios fármacos nuevos contra el rechazo no tenían los efectos secundarios de los esteroides, y se preguntó si podrían usarse con éxito en trasplantes de células beta.
Al poco tiempo, él y sus cinco colaboradores del equipo de la universidad formularon un tratamiento experimental al que llamaron Protocolo de Edmonton, en el que una medida clave era obtener más células beta y de mejor calidad.
El doctor Jonathan Lakey, colaborador suyo experto en conservación de células y tejidos, logró cambiando la forma de extraer las células del donador y aislarlas en el laboratorio.
El equipo tembién utililzó una enzima que Lakey ayudó a sintetizar, la liberasa HI, que separa las células beta del pláncreas del donador, lo que permite extraerla en mayor número y más frescas.
Mientras que antes las células obtenidas se congelaban o se conservaban en cultivo durante algunos días, en el nuevo método se inyectarían al paciente recién obtenidas, lo que reduciría el riesgo de rechazo.
Además, prescindirían de los esteroides y utilizarían dos nuevas drogas contra el rechazo, el tacrolimo y el sirolimo, más un anticuerpo que ayudaria a evitar tanto el rechazo como la reaparición de la diabetes.
Por último, decidieron hacer trasplantes múltiples para ver si la abundancia de células ayudaba al pancreas del paciente a producir insulina.
Comenzó entonces la búsqueda de pacientes. El doctor Edmond Ryan, encargado de escogerlos y observarlos, eligió a ocho diabéticos lábiles.
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Uno de ellos fue Roberto quien sabía que tendría que esperar hasta que encontraran un donador compatible.
En sus frecuentes visitas al hospital para someterse a las pruebas preparatorias se entero de los riesgos que correría: los receptores de trasplantes deben tomar fármacos contra el rechazo toda su vida y, como éstos son inmunosupresores, aumentan el riesgo de contraer cancer y sufrir lesiones renales. Esto no disuadió a Roberto.
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Una tarde de junio de 1999, mientras preparaban a Roberto para la intervención, el equipo extraía las células beta del donador.
El trasplante en sí fue muy sencillo: después de inyectarle un anestésico local en el costado derecho, un médico, observabándole el interior del abdomen por un monitor de rayos X, le insertó una aguja y, a través de ella, introdujo un catéter muy delgado en la vena porta, que conduce sangre al hígado.
Shapiro le mostró entonces una jeringa con el equivalente de una cucharadita de un líquido que parecía jugo de manzana turbio. Eran las células beta. Se las inyectaron en el catéter para que la sangre las llevara al hígado. La intervención terminó en cuestión de minutos. Casi en seguida, las células trasplantadas se fijaron al hígado y empezaron a segregar insulina.
A las pocas horas, los análisis mostraron que el requerimiento de insulina de Roberto era mucho menor. Antes del trasplante, se inyectaba de 80 a 85 unidades al día repartidas en cuatro inyecciones; después, ya sólo necesitaba 30 unidades. Cada inyección era de alrededor del 35% de la dosis anterior, y no volvió a sufrir hipoglucemia.
Al final, Roberto recibió alrededor de 1 millón de células beta de cuatro donadores, distribuidas en tres trasplantes. Dos días después del tercero se puso su última inyección de insulina. Su concentración de glucosa se había normalizado.
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En junio de 2000, el equipo de Shapiro anunció que los primeros siete receptores del trasplante llevaban un año sin padecer diabetes. Hasta hoy, 22 de los 26 pacientes sometidos al Protocolo de Edmonton han dejado de inyectarse insulina.
Además, gracias al esfuerzo del equipo, la investigación del trasplante de células beta se ha reanudado en instituciones de todo el mundo. Los científicos han aclamado el Protocolo de Edmonton como un Adelanto en la investigación de la diabetes y un paso más hacia la cura.
Con financiamiento de organismos como la Fundación para la Investigación de la Diabetes de Alberta, la Asociación Canadiense de Lucha contra la Diabetes y la Fundación internacional para la Investigación de la Diabetes Juvenil, Shapiro dirige nuevas pruebas en nueve ciudades de Estados Unidos, Italia, Alemania y Suiza, y también en Edmonton. Hoy en día, cinco instituciones aplican el Protocolo de Edmonton en el mundo.
La mayor dificultad por el momento es que los donadores no bastan para tratar a todos los enfermos. Sólo en Canadá hay apenas 475 donadores de órganos al año y más de 700,000 diabéticos del tipo 1. Shapiro y su equipo se proponen, a la larga, sustituir las células beta humanas con células animales o sintéticas.
Entretanto, tras haber estado enfermo durante casi 40 años y haberse puesto 50,000 inyecciones, Roberto ya no tiene que administrarse insulina ni estar a dieta. Come cuanto y cuando quiere, libertad de la que jamás esperó poder gozar.
Uno de los mejores frutos de su experiencia es la esperanza que puede brindar a los demás.
"Antes tenía poco que decirles", explica. "Ahora puedo decirles con la mayor confianza: 'Tal vez pasen cinco o diez años, pero creo que su hijo se curará'".
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