sábado, 6 de enero de 2018

Narración de un Negro


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NARRACIÓN DE UN NEGRO



Recién cumplidos los cinco años un traficante de esclavos me trajo a Bagdad y me vendió a un funcionario del palacio real.

Este hombre era padre de una niña que en ese entonces tenía tres años de edad. Por eso, crecí con ella y me convertí en el bufón de todos en los juegos que hacíamos y en los bailes y cantos que improvisaba para ella. Nadie dejaba de quererme y era el negro favorito de todos.

Así fueron pasando los años. 

Cuando tuve catorce años y ella diez, seguíamos divirtiéndonos juntos. Mas, un día entre los días, me encontré a solas con ella en un sitio alejado de la casa, como muchas otras veces.

Ella venía fresca y perfumada. Su rostro era todo hermosura. Viéndome, se acercó corriendo e iniciamos un juego lleno de locas diversiones. Mientras yo la rasguñaba, ella me mordía o apretaba con sus deditos mi piel haciedo yo lo mismo con la de ella. Ocurrió, entonces, que a poco andar, mi pene se levantó bajo mis vestidos.

Al notarlo, ella se rio y, arrojandose sobre mi, se sentó en cuclillas sobre mi vientre y se frotó contra mi hasta hacer salir mi pene de entre mis ropas. Cuando lo tuvo ante sus ojos, tan grande y erecto, se apoderó de él con la mano y jugueteó con él en las orillas de los labios de su vagina por sobre su calzón.

Todo eso me exitó sobremanera. De modo que la abracé contra mi cuerpo en tanto ella se estrechaba a mi cuello ardientemente. Repentinamente, mi pene, igual que una lanza, atravesó sus ropas y entró en ella desvirgándola.

Al terminar aquello, ella se rió. Sin embargo, yo no. Y, a pesar de que ella me besaba, el miedo me invadió y huí de su lado para ocultarme en la casa de un amigo.

Cuando la niña volvió a su casa, la madre no tardó en descubrir el calzón con el agujero y los vestidos desordenados. Examinó el sitio que hay entre las piernas y lo comprendió todo. Dando un grito, se desmayó. Al volver en sí, y percatándose de que ya no había nada que hacer, buscó la manera de ocultarlo a su marido. Tuvo éxito.

Pasó el tiempo y ella supo donde estaba yo y, con regalos y promesas, me hizo regresar a la casa. Desde entonces no se comentó el asunto, el padre nunca lo supo, pues de otro modo me habría degollado, y todos siguieron queriéndome como antes.

Dos meses después, la madre arregló las cosas para que su hija se relacionara con el hijo del barbero y la dotó con una buena suma.

Una tarde llamaron al barbero, el padre del muchacho, quien se presentó con todos sus aparatos. Me amarró en seguida y me despojó de los testículos.

Después, la niña y el joven se casaron y yo me convertí en el eunuco de ella. A partir de ahí me dediqué a acompañarla a todas partes.

Se dio tal maña la madre, que nadie llegó a saber nada, ni el novio, ni sus padres, ni los amigos de ellos. Para convecer a las gentes de la doncellez de su hija, con la sangre de una paloma, manchó las ropas de la recién casada y la mostró a todos los invitados.

Consumada la boda, me fui a vivir  con mi ama a la casa del hijo del barbero. Desde entonces gocé con ella, tanto como pude, puesto que si bien carecía de testículos, disponía de mi pene.

Sin peligro y al margen de toda suspicacia seguí teniendo relaciones con mi ama hasta que la muerte inexorable se la llevó a ella, a sus padres y a su marido. Cuando eso ocurrió, heredé todos sus bienes y me transformé en eunuco palaciego.

Esa es la historia de mi castración.

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