miércoles, 31 de enero de 2018

Leyenda (de la Caverna)


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LEYENDA DE LA CAVERNA


Textos de Platón

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En el libro VII de la República Platón comienza con la exposición del mito de la caverna. Lo utiliza como explicación alegórica de la situación en la que se encuentra el hombre respecto al conocimiento, según la teoría del conocimiento.

Compárese la siguiente escena con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.
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-Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto.

-Ya lo veo -dijo.

-Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materiales; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

-¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!

-Iguales que nosotros -dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

-¿Cómo--dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

-¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

-¿Qué otra cosa van a ver?

-Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

-Forzosamente.

        -¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente?

        -¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

        -No, ¡por Zeus!- dijo.

        -Entonces no hay duda -dije yo- de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

        -Es enteramente forzoso-dijo.

        -Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera de alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

         -Mucho más-dijo.

 -Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra?

         -Así es -dijo.

         -Y si se lo llevaran de allí a la fuerza--dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

         -No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.

         -Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

         -¿Cómo no?

         -Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.

         -Necesariamente -dijo.

         -Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

         -Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

         -¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

         -Efectivamente.

         -Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente "trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio" o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

          -Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

          -Ahora fíjate en esto -dije-: si,vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?

          -Ciertamente -dijo.

          -Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.

       -Claro que sí -dijo.

-Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del Sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

         -También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.
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El Mito De La Taberna Por CIUDADANO 014-Q

–Y ahora imagina, para comprender la diferencia entre los que poseen el verdadero conocimiento y los que no, esta situación: una taberna ubicada en un entresuelo con una cristalera enturbiada por la suciedad y una barra en donde se apoyan, de espaldas a la cristalera, unos hombres ebrios. Imagina también que estos hombres nunca han salido de la taberna, ni siquiera en su niñez. En el espejo tras el mostrador se reflejan las sombras deformadas por la cristalera, en un ambiente sombrío.

–Imagino perfectamente la escena y si nunca les faltase el vino ¡no se me ocurre situación más privilegiada!

–Quizás no sea tan privilegiada como crees, amigo Glaucón, y quizás tampoco sean ellos tan diferentes a nosotros.

  -¡Por Zeus! ¿Similares a nosotros, en qué?

–Pues no te das cuenta que ellos considerarían que no hay más realidad que la que les rodea y que acostumbrados a mirar a través de la cristalera una luz tenue que deforma los objetos, y viviendo, además, desde la niñez en la más absoluta ebriedad, no tomarían como real más que las sombras de personas, las figuras amorfas y los sonidos distorsionados que oyen los borrachos. Para ellos andar sería tambalearse y reír prorrumpir en hiposas carcajadas. No tendrían concepto de bien ni de mal y sus más bajos impulsos dominarían su vida alcoholizada. En definitiva, ¿no estarían tan seguros de su realidad como nosotros estamos de la nuestra?

–Sin duda.

–Examina ahora lo que te voy a decir. Si algunos de estos hombres tuviese delirios etílicos y lo predicase a sus compañeros ¿no crees que los demás le creerían pues también ellos tienen delirios?

–No hay duda de que le creerían.

–Y si uno con una inteligencia más penetrante pudiese adornar sus delirios y encontrar un orden en ellos, y si, además, este pudiese interpretar los delirios de sus compañeros ¿no sería considerado un gran sabio? ¿no fundaría una religión, una filosofía o una política tal y como hacen los que nosotros consideramos sabios?

–Así sería, Sócrates, pero debes reconocer que serían conocimientos basados en meros delirios alcohólicos, dignos de risa para nosotros.

–Te lo admito, mi amigo, pero ¿es que los delirios de nuestros sacerdotes, intelectuales o políticos no son igualmente una cháchara baldía y sin valor a poco que nos detengamos a pensar en ellos?

–No puedo menos que decir que sí -dijo.

–Ahora sígueme en lo que te digo. Imagina que liberamos a uno de los borrachos y lo sacamos a rastras de la taberna subterránea. Creo que se resistiría con uñas y dientes y sentiría un dolor enorme en los ojos y en el cuerpo al enfrentarse a la luz del día, y, tras unas horas sin beber, lucharía denodadamente para volver a la taberna. Puedes imaginarte que extenuado por la lucha dormiría ¿y cual crees que sería su primera sensación al despertar sin una gota de alcohol que beber?

–No quiero ni imaginar, Sócrates, la terrible resaca que debería sufrir este preso liberado. Si unimos la resaca a la perplejidad de encontrarse en un mundo desconocido no puedo envidiar su suerte, y comprendería que quisiera volver a su antigua morada.

–Claro que querría, pero nosotros se lo impediríamos. De este modo nuestro bebedor liberado sufriría enormemente y desearía no haber sido liberado, pero, a pesar de todo, estaría obligado a acostumbrarse a la nueva vida y en un principio se comportaría desmañadamente, creería que nuestro mundo real era una cruel alucinación y cuando pudiese acostumbrarse primero vería mejor de noche o en zonas de sombras, después se atrevería a salir a la luz del sol y distinguiría por encima las formas de los objetos. Al cabo de un tiempo ya andaría erguido sin tambalearse y podría hablar con naturalidad sin que se le trabase la lengua. Si finalmente continuase apartado de la taberna empezaría a tener vida social e iría al agora o al gimnasio con sus amigos, y participaría, también, en la asamblea donde se reúnen los hombres libres si le concediésemos la ciudadanía. Los antiguos sabios de la taberna los tomaría por meros charlatanes e ignorantes. Además, ¿crees que estaría asombrado de haber tomado su antiguo mundo como real y que consideraría que esta realidad es la efectivamente verdadera?

–Creo que sí, Sócrates, pero tú también debes aceptar lo que te voy a decir.

–Gustosamente lo haré si no faltas a la verdad -dije

–Juzga tú. Ese hombre del que has hablado tendría su corazón dividido. Por un lado, estaría feliz de su nueva vida más allá de las sombras de la taberna. Pero también sentiría añoranza de su antigua morada y de la dulce placidez y alegría alcohólica de la que allí disfrutaba.

–Es cierto -dije- y también en esto nuestro hombre se parece a todos nosotros. Pues cuando no poseemos el conocimiento para nada lo deseamos y vivimos despreocupadamente e incluso felices en nuestra inconsciencia, pero cuando por un casual nos alcanza la verdad, aun cuando añoremos nuestra prístina ignorancia, ya no podemos renunciar a nuestro saber, querámoslo o no, y, además, a pesar del dolor que nos provoca el conocimiento ¿no eclipsa nuestra humildad ese conocimiento y nos hace sentir orgullosos de nuestra ciencia, incluso cuando ella va acompañada de sufrimiento? Pues como decía el inmortal Homero “los que huyen ni alcanzan gloria, ni entre sí se ayudan”.

–Así es, sin duda.

–Y ya que estas de acuerdo con el poeta -continué- debes asumir que el antiguo habitante de la taberna volverá a ella para mostrar a sus compañeros que existe otro mundo fuera de aquel cubil subterráneo. Pues, Glaucón, si los que huyen no alcanza gloria alguna y no ayudan a nadie, es razonable pensar que los que busquen la gloria del saber ayuden a los ignorantes.

–Es lo que dices, Sócrates, pero veo un gran peligro en ello.

–¿Cuál?

–Pues que este hombre al bajar a la taberna ya habría perdido su antigua agudeza de borracho. No sabría distinguir entre las sombras de la taberna y al beber pronto quedaría inconsciente mientras antes resistía el alcohol y tenía unos sentidos acostumbrados a la penumbra. ¿Acaso sus amigos no tomarían su sobriedad por locura y creerían que fuera de la taberna existía un mal que corrompía los sentidos y la mente de los hombres?

–¡Por el perro, Glaucón! Te has adelantado a lo que iba a decir pero a lo que tu has descubierto por ti mismo yo voy a añadir algo. El preso liberado de la taberna intentaría convencer a sus compañeros, pero ellos le tomarían por loco o necio y no podrían creer que su mundo no fuera el único real. Pero ¿qué haría el preso pródigo? Yo creo que correría el riesgo de permanecer en la taberna para siempre al recordar su antigua vida en todo su esplendor: sencilla, engañosa pero segura y llena de placeres. Podría ser fácilmente seducido por las delicias del alcohol y aunque en un primer momento le fuera difícil podría volver a la taberna para siempre renunciando a la verdad.

–Tienes razón, Sócrates, ¡cuantas veces he pasado toda una noche de fiesta con un amigo al que simplemente iba a saludar y cuantas veces las delicias del vino me han hecho desdeñar el dolor de la resaca! Pero, de todas formas, si así obrara nuestro preso su felicidad sería bastarda y no pura, porque mientras que sus amigos no conocen otro mundo que el mundo de la taberna y en esa ignorancia son felices, el preso pródigo sabría que la taberna es un sucedáneo de la realidad y eso enturbiaría su felicidad.

–Así es amigo Glaucón, pero así es como vivimos los hombres, porque el conocimiento, lo queramos o no, viene a buscarnos y asalta nuestro espíritu. Aunque renegásemos de él ¿acaso podemos recuperar la inocencia perdida? Si nos embrutecemos por la senda de la estupidez la felicidad que conseguimos no es más que una sombra de la que tuvimos cuando éramos ignorantes, así que ese es un camino en el que no encontraremos la pura felicidad perdida. Pero si en vez de embrutecernos, tomamos el camino luminoso del conocimiento, siempre seremos como el hombre que vuelve de una tediosa asamblea y añora la inocencia ingenua de niños e idiotas.

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